domingo, 15 de abril de 2012

Murió un viernes y yo con él, morí.

Hace una semana se cumplió una semana desde que con mochila en mano y dignidad en labios me fui de mi casa, la casa en la que viví seis años de mi adolescente vida. Desde que tuve noción de lo que acontencia a mi alrededor, sabía que este día existiría, para ser más precisa, que este día llegaría. Y llegó. Ocurrió una mañana de viernes santo, donde el viento azotaba, así como los sargentos romanos azotaron el mellado cuerpo de Jesús en la cruz. Y donde el sol quemaba con sus abrasadores rayos, así como esa otrora corona de espinas, que decoraba la sien del salvador. 

El caos, comenzó en la víspera de semana santa y explotó un día en el que Jesús murió. Mejor, pues éste, no hubiese querido ser testigo del conjunto de diatribas, abyecciones y panfletos mal hechos, que me aventó su hijo pródigo, el más pródigo de todos, el mejor. "No eres más mi responsabilidad, ya tienes 19 años; lárgate de mi casa" Pues duele, porque en su esencia es el más puro y vil de los dolores.

Pensaba en todo y al mismo tiempo en nada. Era mi padre, el que había regalado espermas para mi origen, el que entro a la sala de operaciones con cámara fotográfica en mano para retratar los primeros segundos de haber llegado a la nueva realidad, pues ya no se trataba del estómago de mi madre. El que me lavaba los pies, cuando jugueteaba descalza por los rincones más sucios, el que me compró mis primeras all star y también la tan deseada cartuchera de lata que le imploraba que me comprara. El que se quedo conmigo, cuando ella, nos dejó. Sí, este era mi padre, el padre bueno, el hijo pródigo, que ahora me imploraba que me largara de su casa. 

No me ataba nada más ahí. Únicamente, ellos tres, mis hermanos. Pero dentro, muy dentro, sabía que siempre ibamos a estar juntos, que esto no nos separaría y que siempre encontraría la forma de verlos. Con un portazo por detrás de mi espalda, y con la rabia hecha llanto, metí mis cuatro calzones, mi ordenador, dinero, el orgullo y lo más importante, la decisión de querer no volver a verlo jamás. Flagelo que mi corazón, no olvida.

Ha pasado, más de semana y media desde que escape de allí, me siento bien, estoy tranquila, con vida. Pero puedo decir que así como Jesús no olvida el viernes donde acabaron con su vida y que se recuerda todos los años, yo Brighit Cornejo, tampoco olvidaré lo que un mal día de viernes santo, me hizo.




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