Hace unas horas la actitud y el estado de ánimo mío andaban casi por el piso como arrastrándose, quejándose de lo tan infausto que había sido el día de hoy, martes 7 de diciembre; era una carga para mi cuerpo, ya lo sentía y ya comenzaba a fastidiarme, el viento azotaba la cavidad del corazón y una sensación de vacío hacía pesarme la cabeza. Había obtenido una muy buena nota en estadística, ese curso que hasta hace un mes creía yo por entonces que con cara de idiota me excusaría frente mi padre y le diría: papá, jalé mate. Mas en realidad jamás pensé aquello, pero dado que a veces mi sentido dramático aflora día con día, me conlleva a escribir eso. Hacia un buen día, había sol y el viento corría como queriendo escapar de algo, haciendo despegar mis cabellos de los ganchos y de la coleta que me esmero en hacer todas las mañanas, para evitar asustar a más de uno. Mi reproductor musical estaba funcionando perfectamente, hoy no puede traicionarme con la batería pensaba. Ese reproductor protagonista de los más duros golpes de la vida y de los diferentes arrebatos de la dueña, ese reproductor que haciéndome sacudir la cabeza al ritmo de los acordes de mis canciones favoritas, me lleva a la locura y también a esa tan rica sensación que tan increíblemente hace desconectarme del mundo para llevarme y empaparme de adrenalina, fantasía y de todo aquello distante de la cordura. El viento me flagelaba el rostro pálido casi pintándose de tonos rosáceos mis mejillas, hacia mover mis enredados cabellos, sumergiéndolos en la danza y hacia que yo apreciara mucho más el verde de los árboles, el caminar y todo expresión facial de los pocos transeúntes que circulaban por la residencial san Felipe, ese viento vertiginoso que todo lo sabe. Por qué rayos ese sentimiento ya conocido y llamado vacío se asomaba pasito a pasito a mi? Por qué en un día tan medianamente normal el corazón comenzaba a fastidiarse y la cabeza a cuestionarse? Por qué no estaba feliz con esa buena nota que tanto había estado deseando, ¿Porque es buena verdad? Era complicadísimo debatir con la razón, dado que no quería obtener la lógica de nada, me había prometido a mi misma hace no menos de un mes, que disfrutaría de absolutamente todo lo que la vida me ofreciera, que cada cosa que haría sería como si fuera la último que haría, que sonreiría hasta por la nada, que amaría como si jamás fuera a doler y que me devoraría libro tras libro y escribiría como jamás lo hice a lo largo de estos últimos 17 años. Despeinada, confundida y con un dulce sabor a fracaso en el cuerpo, dejé caer mi cuerpo en una de las bancas que rodeaban en uno de esos parques de Jesús María. Refregando mi cara en mis manos, con el reproductor aún puesto y con ese dulzor ahora casi amargón pensaba en que, es algo que quiero ocultar, es algo que quiero evitar, es algo con lo que no quiero lidiar, es algo de lo quiero con fuerzas realmente increíbles, escapar. Es ese miedo a fracasar, ese miedo que me persigue desde el acostarse, desde el inconsciente, desde el despertar y desde el andar. Ese miedo que se burla y me escupe en la cara, el miedo a ser quien soy, el miedo a ser quien no soy. El miedo al miedo.
viernes, 8 de abril de 2011
Texto del ayer.
Hace unas horas la actitud y el estado de ánimo mío andaban casi por el piso como arrastrándose, quejándose de lo tan infausto que había sido el día de hoy, martes 7 de diciembre; era una carga para mi cuerpo, ya lo sentía y ya comenzaba a fastidiarme, el viento azotaba la cavidad del corazón y una sensación de vacío hacía pesarme la cabeza. Había obtenido una muy buena nota en estadística, ese curso que hasta hace un mes creía yo por entonces que con cara de idiota me excusaría frente mi padre y le diría: papá, jalé mate. Mas en realidad jamás pensé aquello, pero dado que a veces mi sentido dramático aflora día con día, me conlleva a escribir eso. Hacia un buen día, había sol y el viento corría como queriendo escapar de algo, haciendo despegar mis cabellos de los ganchos y de la coleta que me esmero en hacer todas las mañanas, para evitar asustar a más de uno. Mi reproductor musical estaba funcionando perfectamente, hoy no puede traicionarme con la batería pensaba. Ese reproductor protagonista de los más duros golpes de la vida y de los diferentes arrebatos de la dueña, ese reproductor que haciéndome sacudir la cabeza al ritmo de los acordes de mis canciones favoritas, me lleva a la locura y también a esa tan rica sensación que tan increíblemente hace desconectarme del mundo para llevarme y empaparme de adrenalina, fantasía y de todo aquello distante de la cordura. El viento me flagelaba el rostro pálido casi pintándose de tonos rosáceos mis mejillas, hacia mover mis enredados cabellos, sumergiéndolos en la danza y hacia que yo apreciara mucho más el verde de los árboles, el caminar y todo expresión facial de los pocos transeúntes que circulaban por la residencial san Felipe, ese viento vertiginoso que todo lo sabe. Por qué rayos ese sentimiento ya conocido y llamado vacío se asomaba pasito a pasito a mi? Por qué en un día tan medianamente normal el corazón comenzaba a fastidiarse y la cabeza a cuestionarse? Por qué no estaba feliz con esa buena nota que tanto había estado deseando, ¿Porque es buena verdad? Era complicadísimo debatir con la razón, dado que no quería obtener la lógica de nada, me había prometido a mi misma hace no menos de un mes, que disfrutaría de absolutamente todo lo que la vida me ofreciera, que cada cosa que haría sería como si fuera la último que haría, que sonreiría hasta por la nada, que amaría como si jamás fuera a doler y que me devoraría libro tras libro y escribiría como jamás lo hice a lo largo de estos últimos 17 años. Despeinada, confundida y con un dulce sabor a fracaso en el cuerpo, dejé caer mi cuerpo en una de las bancas que rodeaban en uno de esos parques de Jesús María. Refregando mi cara en mis manos, con el reproductor aún puesto y con ese dulzor ahora casi amargón pensaba en que, es algo que quiero ocultar, es algo que quiero evitar, es algo con lo que no quiero lidiar, es algo de lo quiero con fuerzas realmente increíbles, escapar. Es ese miedo a fracasar, ese miedo que me persigue desde el acostarse, desde el inconsciente, desde el despertar y desde el andar. Ese miedo que se burla y me escupe en la cara, el miedo a ser quien soy, el miedo a ser quien no soy. El miedo al miedo.
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